Venía de Lituania y mi paso por Murcia debía ser poco más que una maniobra logística. Llegar, lavar la ropa, vaciar una maleta, llenar otra y volver a salir. Chile estaba al otro lado del Atlántico y seis meses parecían demasiado grandes como para perder tiempo en ceremonias.
La despedida, por eso, fue imperfecta. Pude ver a mi madre y a mi abuela, pero no al resto de mi familia con la calma que hubiera querido. Había ido enlazando viajes y compromisos hasta conseguir algo bastante propio de mí: convertir una marcha importante en una operación de aeropuerto.
En Alicante apareció el primer personaje antagonista de esta historia, aunque no conviene exagerar y convertir a una aerolínea en un molino de viento. Bastó con una discusión sobre la documentación de entrada en Chile, unos papeles que para mí eran suficientes y una decisión en el mostrador que dijo lo contrario.
El avión se fue. Yo me quedé.
Después vinieron las llamadas, la música de espera y ese curioso teatro contemporáneo en el que distintas personas lamentan mucho un problema del que ninguna parece tener autoridad para hacerse cargo. Pero al regresar a Murcia ocurrió lo inesperado: el error me devolvió cuarenta y ocho horas de verano.
Esta vez sí pude reunirme con mi familia. La despedida dejó de ser una escala técnica y se convirtió en despedida de verdad. Dos días después volví al aeropuerto, crucé Madrid, el Atlántico y finalmente los Andes.
En Santiago me esperaba mi casero. Nos conocimos, de manera bastante práctica, en llegadas. Después conocí la casa y al hijo de mi compañero de piso, que resultó ser muy majo. Dejé la maleta en el suelo y por primera vez en varios días no había ningún otro avión que coger.
Había llegado. La disputa con la aerolínea, en cambio, quedó abierta. Si algún día llega la indemnización, merecerá una nota al pie.