Nº 001 · Crónicas
El avión se fue sin mí
Una despedida a medias en Murcia y un vuelo que no me esperó.

Venía de una semana en Lituania y mi paso por Murcia debía ser poco más que una maniobra logística. Llegar, lavar la ropa, vaciar una maleta, llenar otra y volver a salir. Chile estaba al otro lado del Atlántico esperándome para los próximos seis meses.
La despedida, por eso, fue imperfecta. Pude ver a mi madre y a mi abuela, pero no al resto de mi familia con la calma que hubiera querido. Había ido enlazando viajes y compromisos así que ese día se convertía en una operación de aeropuerto.
En Alicante apareció el primer personaje antagonista de esta historia, aunque no conviene exagerar y convertir a una aerolínea en un molino de viento. En el mostrador para facturar las maletas, sobre la documentación de entrada en Chile, unos papeles que para mí eran suficientes, pero una decisión en el mostrador dijo lo contrario.
El avión se fue. Yo me quedé.
Después vinieron las llamadas, la música de espera y ese curioso teatro contemporáneo en el que distintas personas lamentan mucho un problema del que ninguna parece tener autoridad para hacerse cargo. Pero al regresar a casa ocurrió lo inesperado: el error me devolvió cuarenta y ocho horas de verano.

Esta vez sí pude reunirme con mi familia. La despedida dejó de ser una escala técnica y se convirtió en despedida de verdad. Dos días después volví al aeropuerto, crucé Madrid, el Atlántico y finalmente los Andes.

En Santiago me esperaba mi casero. Nos conocimos, de manera bastante práctica, en llegadas. Después conocí la casa, todo estaba bien. Dejé la maleta en el suelo y por primera vez en varios días no había ningún otro avión que coger.
Había llegado. La disputa con la aerolínea, en cambio, quedó abierta. Si algún día llega la compensación, merecerá una nota al pie.
Aquí no hace falta fingir una moraleja. El accidente fue una faena y, al mismo tiempo, acabó regalándome la despedida que no había tenido.