Relatos desde Santiago

Cuaderno de seis meses en Santiago de Chile.

Nº 002 · Crónicas

Aprender Santiago desde el manillar

Una bicicleta de segunda mano, una brújula y la primera semana intentando convertir una ciudad desconocida en algo parecido a casa.

Una bicicleta azul apoyada en una barra metálica de un parque, con árboles y bancos al fondo

Durante mis primeros días, Santiago era para mí una colección de nombres. Providencia, Manuel Montt, Costanera, Pedro de Valdivia. Todos estaban perfectamente colocados en el mapa y bastante peor colocados en mi cabeza.

La Delegación, mientras tanto, estaba tranquila. Mi jefe seguía de vacaciones y mis compañeros fueron introduciéndome poco a poco en el trabajo, sin grandes ceremonias. Yo había decidido dedicar esos primeros días a observar: entender los ritmos, escuchar y averiguar cómo funcionaban las cosas antes de aparecer con el entusiasmo del recién llegado que quiere reorganizar una casa sin saber todavía dónde están los interruptores.

Fuera de la oficina tenía una tarea bastante más básica: fabricarme una vida en Santiago.

Una de mis primeras gestiones fue comprar una bicicleta de segunda mano.

Selfie en el espejo de un ascensor, con la bicicleta azul apoyada al lado

Y aquello cambió rápidamente mi manera de entender la ciudad. Las distancias dejaron de ser una sucesión de estaciones de metro y empezaron a medirse en kilómetros, semáforos, cuestas y pequeñas victorias de orientación. Cada trayecto iba rellenando un poco más aquel mapa mental que todavía tenía demasiados espacios en blanco.

Chile, además, ofrece una ventaja casi pedagógica para alguien con mi sentido de la orientación. El país se estira entre la costa, al oeste, y los Andes, al este. En Santiago basta muchas veces con levantar la mirada y buscar la cordillera para volver a situarse.

Vista de Santiago y la cordillera desde el cerro, con dos cabinas de teleférico en primer plano

Aun así, decidí reforzar el sistema.

Le instalé a la bicicleta un timbre con brújula.

No sé cuánto mejoró realmente mi orientación, pero quedó estupendo en el manillar.

Ese domingo, una compañera del trabajo me invitó a conocer a otros pasantes de distintas embajadas. Éramos jóvenes haciendo trabajos parecidos en Santiago, cada uno desde su país y su institución, y terminamos comiendo juntos en un restaurante chileno bastante pintoresco, con decoración tradicional y espectáculo en vivo.

Fue uno de esos primeros momentos en los que Chile dejó de ser únicamente el lugar al que acababa de mudarme. Entre la comida, la música y aquella mesa llena de gente que también estaba empezando su propia experiencia en Santiago, sentí por primera vez que la ciudad comenzaba a abrirse un poco.

Además, salí de allí con algo especialmente valioso cuando uno llega solo a otro país: gente a la que escribir para hacer planes el fin de semana.

Los días siguientes fueron acumulando pequeñas piezas de rutina. Hubo bachata, yoga, gimnasio y los primeros intentos de descubrir qué hacer con mis tardes después del trabajo. Ninguna de esas cosas parecía especialmente memorable mientras ocurría. Juntas, sin embargo, empezaban a convertir una estancia internacional de seis meses en algo mucho más cotidiano.

Al terminar la semana ocurrió una tontería que me hizo especial ilusión: volví a casa en bicicleta sin sacar el teléfono en cada cruce.

Ya sabía por dónde ir.

Era una conquista modesta, seguramente invisible para cualquiera que llevara años viviendo allí. Para mí significaba que Santiago empezaba a dejar de ser una ciudad que necesitaba consultar constantemente.

Hay lugares que uno empieza a sentir un poco suyos justo entonces: cuando ya sabe volver a casa.