Durante los primeros días Santiago era, para mí, una sucesión de nombres: Providencia, Manuel Montt, Costanera, Pedro de Valdivia. Todo estaba colocado en un mapa y casi nada estaba todavía colocado en mi cabeza.
La Delegación estaba tranquila. Mi jefe seguía de vacaciones y mis compañeros fueron introduciéndome en el trabajo sin grandes ceremonias. Yo había decidido observar primero, aprender los ritmos y no llegar con la energía del recién llegado que quiere arreglar una casa antes de saber dónde están los interruptores.
Fuera de la oficina la tarea era más elemental: fabricar una vida. Compré una bicicleta y empecé a recorrer Santiago con ella. Las distancias dejaron de medirse en estaciones y empezaron a medirse en piernas, semáforos y pequeñas victorias de orientación.
También aparecieron otros recién llegados. Pasantes de Noruega, Suiza, Países Bajos y otros lugares con los que compartía esa extraña autoridad del novato: recomendarnos mutuamente sitios que nosotros mismos acabábamos de descubrir.
Entre medias hubo bachata, yoga, gimnasio y los primeros intentos de encontrar una rutina. Nada de eso parecía importante por separado, pero era exactamente lo que estaba convirtiendo una estancia internacional en una vida cotidiana.
Al terminar la semana ya podía regresar a casa en bicicleta sin consultar el teléfono a cada cruce. Fue una conquista modesta, pero bastante más útil que muchas otras.