Había llegado con una estrategia prudente: escuchar mucho, hablar poco y no convertirme en el recién llegado que propone una revolución antes de aprenderse los nombres de sus compañeros.
Funcionó durante un rato.
Después empecé a encontrar tareas repetitivas y apareció una pregunta que últimamente me persigue con bastante frecuencia: si esto ya puede hacerlo una máquina, ¿por qué seguimos haciéndolo así?
Probé algunas automatizaciones con inteligencia artificial y las enseñé. La reacción fue buena, especialmente entre quienes vieron enseguida las posibilidades. También aparecieron dudas y resistencias, que probablemente sean la parte más interesante del asunto.
Porque automatizar un proceso no consiste solamente en demostrar que una herramienta funciona. Significa entrar en un lugar donde ya existen costumbres, responsabilidades y personas que llevan tiempo resolviendo las cosas de otra manera.
Mientras tanto, el trabajo empezaba a adquirir otra escala. En un mismo día podían aparecer Greenpeace, minería, energía o materias primas críticas. Algunos conceptos que durante años habían vivido en apuntes y presentaciones empezaban ahora a tener salas de reuniones, documentos, intereses y nombres propios.
Mi jefe volvió de vacaciones justo cuando mi promesa de mantenerme quieto había dejado de ser creíble. El prólogo, supongo, terminó ahí.