Nº 003 · Crónicas
El plan era pasar desapercibido
Había llegado dispuesto a observar primero. Entre automatizaciones, reuniones y una noche inesperada en la residencia belga, el plan empezó a hacer aguas bastante pronto.

Llegué a la oficina con una estrategia bastante sensata: escuchar mucho, hablar cuando tuviera algo que decir y evitar convertirme en ese recién llegado que lleva tres días en un sitio y ya sabe perfectamente cómo habría que cambiarlo todo.
Durante un rato funcionó.

Mi jefe seguía de vacaciones y eso me dio unos primeros días tranquilos para entender quién hacía qué, cómo circulaba la información y qué pequeñas costumbres componían el trabajo cotidiano. Yo observaba, tomaba notas y trataba de aprenderme los nombres antes de empezar a hacer demasiadas preguntas.
El problema fue que empecé a encontrar tareas repetitivas.
Y tengo poca resistencia a una tarea repetitiva cuando sospecho que un ordenador podría quitárnosla de encima.
Así que empecé a probar cosas con inteligencia artificial. Nada especialmente épico: procesos que podían hacerse más rápido, información que podía ordenarse mejor, pequeños trabajos que hasta entonces requerían bastante copiar, pegar y repetir. Preparé algunas pruebas y las enseñé.
Ahí descubrí que conseguir que una herramienta funcione es, en realidad, la parte sencilla.
Había gente que veía inmediatamente las posibilidades. También había dudas, precauciones y formas de trabajar que llevaban mucho tiempo instaladas. Y aquello me interesó incluso más que la propia tecnología.
Una automatización puede tardar diez minutos en montarse. Conseguir que encaje dentro de un equipo formado por personas, responsabilidades y maneras distintas de entender el trabajo es otra historia.
Yo, mientras tanto, ya había dejado de pasar tan desapercibido como pretendía.
Y además empezaban a suceder esas cosas un poco extrañas que ocurren cuando uno trabaja alrededor de la diplomacia y que todavía me pillaban con cara de recién llegado. En cuestión de días podía estar escuchando conversaciones sobre Greenpeace, minería, energía o materias primas críticas. Temas que hasta hacía poco conocía por apuntes, noticias o presentaciones tenían ahora personas sentadas alrededor de una mesa, documentos delante y consecuencias bastante menos abstractas.
Pero una de las escenas que más recuerdo de aquellos días ocurrió lejos de cualquier reunión de trabajo.
Me invitaron a la residencia de la Embajada de Bélgica para una despedida de las Diablas, la selección chilena de hockey, y de un equipo adaptado.
Al llegar me encontré de nuevo con varios de los jóvenes de otras embajadas con los que había comido aquel primer domingo en Santiago. Eso me hizo gracia. Llevaba apenas unos días en la ciudad y ya empezaba a ocurrir algo que al principio parecía improbable: entrar en un sitio y reconocer caras.

Hubo un cóctel estupendo, gente conversando por todas partes y ese tipo de ambiente en el que todavía tienes la sensación de haber aterrizado accidentalmente en una escena que normalmente observarías desde fuera.
En algún momento terminé acercándome a los chavales del equipo adaptado.
Y ahí la noche cambió completamente de registro.
Acabamos jugando juntos, inventando celebraciones de goles y bailando. Me hicieron mucha gracia y, sobre todo, mucha ternura. Durante un rato desaparecieron las embajadas, los cargos y todas esas cosas que hacen que un evento parezca importante desde fuera. Éramos simplemente un grupo de personas haciendo el tonto y celebrando goles que ni siquiera recuerdo si llegaron a existir.
Creo que fue uno de los momentos en los que empecé a entender que estos seis meses iban a suceder también así.
Una parte estaría en reuniones, documentos y conversaciones que unos meses antes me parecían lejanas. Otra aparecería sin avisar: una bicicleta, gente nueva, un cóctel en una residencia, unos chavales enseñándome cómo celebrar un gol.
Mi jefe volvió de vacaciones justo cuando mi estrategia inicial empezaba a resultar difícil de defender.
Para entonces ya había hecho pruebas con IA, había enseñado algunas ideas, empezaba a meterme en temas que apenas estaba aprendiendo y había descubierto que Santiago podía llevarme de una conversación sobre materias primas críticas a bailar en un jardín con un equipo de hockey en cuestión de horas.
Pasar desapercibido había durado aproximadamente una semana.