Relatos desde Santiago

Crónicas, postales y otros asuntos escritos desde Santiago de Chile.

Nº 004 · Crónicas

La diplomacia también se come

Una invitación que cambió de manos, una sala llena de orgullo argentino y un conejo con pistachos que se me quedó más tiempo que ningún discurso.

Dos camareros terminan de emplatar en la terraza de la residencia, de noche

Mi compañero no pudo ir. Le acababa de nacer un hijo, que es de las poquísimas razones que en esta vida le ganan por goleada a cualquier acto oficial. Así que la invitación cambió de manos y llegó a la mía con esa mezcla de suerte y de responsabilidad que tienen las cosas que uno no había pedido.

Fui solo, que en un salón donde todo el mundo se conoce es una manera muy educada de estar de pie. Uno aprende deprisa a sostener la copa con la izquierda para dejar libre la derecha, y a leer una sala como quien lee un plano: dónde está la puerta, dónde está la mesa, quién decide.

La mesa de servicio junto a una ventana, con el jardín iluminado al fondo

Hubo discursos, claro, y agradecimientos. Y hubo algo que no siempre aparece en los actos y que aquella noche estaba por todas partes: orgullo. Se habló de la tierra y de quien la trabaja. Se habló de fútbol, porque hay países donde el fútbol no es un tema de conversación sino una manera de decir nosotros.

Después me tocó hablar con uno de los ponentes, un hombre de Mendoza. Contaba su región como la cuenta la gente que viene de un sitio con nombre propio: sin vender nada, dando por sentado que uno ya sabe que aquello es bueno. Me quedé con esa forma suya de defender un lugar, que consistía sobre todo en no defenderlo.

Y luego salió la comida, que era la parte de la noche que nadie había ensayado.

Conejo. Un ragú lento, oscuro, hecho con la paciencia de quien no tiene ninguna prisa, con pistachos por encima que crujían justo cuando ya habías dejado de esperarlo. Debajo, un queso crema que no venía a suavizar nada sino a poner el suelo. Y arriba, apoyada con una insolencia perfecta, una lámina de patata negra fina como un naipe.

Un plato hondo y calado, servido esa noche, sobre el suelo ajedrezado de la residencia

Se rompía con un sonido pequeño y muy satisfactorio. Lo probé, dejé de hablar y me quedé mirando el plato como se mira a alguien que acaba de decir algo inteligente.

Sigo dándole vueltas a por qué aquello ordenó la noche entera. Supongo que un discurso se escribe con tiempo y se corrige, y en cambio a nadie se le ocurre mentir en un plato: alguien decidió cocer ese conejo durante horas, alguien eligió pistacho en lugar de almendra, alguien pensó que allí hacía falta una textura que se rompiera. Son decisiones pequeñas, tomadas en una cocina, y cuentan de un país bastante más de lo que uno esperaría.

No salí de allí con ningún gran acuerdo internacional.

Salí con la barriga llena.

Carta al autor

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