Relatos desde Santiago

Cuaderno de seis meses en Santiago de Chile.

Nº 004 · Crónicas

La diplomacia también se come

Una invitación prestada y mi primera cena cocinada por un chef con estrella Michelin.

Dos camareros terminan de emplatar en la terraza de la residencia, de noche

La invitación no era mía.

Un compañero tenía que quedarse cuidando a su hijo de cinco meses y me ofreció ocupar su lugar en una cena en la residencia de la Embajada Argentina. Llevaba poco tiempo en Santiago, no conocía a ninguno de los invitados y tampoco sabía muy bien qué iba a encontrarme.

Fui igualmente.

Entrar solo en una recepción tiene algo de examen oral. Durante los primeros minutos uno sonríe, se presenta y espera que nadie le pregunte por alguien a quien debería conocer.

La mesa de servicio junto a una ventana, con el jardín iluminado al fondo

Los argentinos, por suerte, ayudan a llenar silencios.

No hace falta preguntar demasiado para que aparezcan Argentina, Messi, Mendoza, la carne o alguna teoría general sobre por qué determinada cosa se hace mejor allí. Su capacidad para promocionar el país podría ahorrar bastante presupuesto a cualquier oficina de turismo.

En algún momento hablé con un hombre de Mendoza. Me contó un poco de su tierra y yo la añadí mentalmente a la lista de lugares que visitar. Él cumplió con Mendoza. Yo cumplí escuchando.

La verdadera sorpresa estaba en la cocina. El chef tenía una estrella Michelin.

Nunca había comido nada preparado por un cocinero con una, así que mi estreno en la alta gastronomía llegó de una manera bastante menos ceremoniosa de lo previsto. Sin reserva, sin plan y gracias a que un bebé necesitaba que su padre se quedara en casa.

Entre los platos apareció un conejo con pistachos.

Un plato hondo y calado, servido esa noche, sobre el suelo ajedrezado de la residencia

Lo miré unos segundos con el respeto que merece algo que alguien ha tardado mucho en preparar y uno muy poco en comerse.

Estaba espectacular.

Alrededor seguían las conversaciones, las presentaciones y esa liturgia amable de las recepciones. Yo había entrado sin conocer a nadie y fui pasando la noche hablando con desconocidos alrededor de una mesa.

La diplomacia, vista desde allí, parecía bastante menos misteriosa. Gente reunida en una casa grande, conversación educada y comida lo bastante buena como para que nadie tenga prisa por irse.

Los argentinos habían entendido bien esa parte.

Y también la de recordar, cada cierto tiempo, que aquello era Argentina.

Por si se nos olvidaba.

Al salir conocía algunos nombres nuevos, tenía Mendoza marcada en el mapa y podía apuntarme mi primera cena Michelin en unas circunstancias bastante improbables.

No salí de allí con ningún gran acuerdo internacional.

Salí con la barriga llena.