Nº 005 · Crónicas
Un cumpleaños en la Bomba
Un fin de semana en Valparaíso, una compañía de bomberos, un “carrete” y la sensación de haber entrado por unas horas en la vida de otra ciudad.

A Nacho lo conocí en Japón, que no es precisamente el lugar más lógico para empezar una amistad chilena.
Coincidimos este año en el Barco Mundial de la Juventud. Él iba con la delegación de Chile y yo con la española. Meses después acabé viviendo en Santiago y aquella amistad, que había empezado al otro lado del Pacífico, quedó de pronto a un autobús de distancia.
Nacho cumplía años y me invitó a pasar el fin de semana en Valparaíso.
Quedamos en la terminal de Santiago con un día gris y lluvioso. El viaje suele durar alrededor de hora y media, aunque aquella mañana la carretera decidió ofrecernos una versión extendida. Dos horas y media de atasco.
Nos dio bastante igual.
Íbamos cómodos y teníamos mucho que contarnos. Con Nacho ocurre una cosa agradable, la conversación no necesita demasiado mantenimiento. Hablamos durante prácticamente todo el camino y cuando por fin apareció Valparaíso detrás del cristal ya llevábamos medio fin de semana poniéndonos al día.
Nacho es abogado. Está empezando además una nueva etapa profesional con su propio bufete y algunos socios. Pero hay otra parte de su vida que me interesaba especialmente conocer.
Desde hace casi diez años es bombero voluntario.
En Chile aquello significa algo distinto a lo que yo tenía en la cabeza. Estoy acostumbrado al parque de bomberos de Murcia, una estructura profesional que presta servicio a la ciudad. Valparaíso está lleno de compañías con identidad propia, edificios históricos y generaciones de voluntarios que han ido heredando algo que parece estar a medio camino entre servicio público, tradición y familia.
Nacho pertenece a la Tercera.
Desde la terminal caminamos hacia su cuartel. No habíamos llegado todavía cuando apareció una bandera española detrás de un escaparate.
Era la Bomba España.
Me detuve a hacer una foto de los carros que se veían desde fuera. Una mujer que estaba dentro nos observó con esa expresión inevitable que provoca encontrar a dos desconocidos fotografiando tu lugar de trabajo desde un cristal.
Nos saludó.
La saludamos.
Salió.
Nacho explicó que era bombero de otra compañía y yo, llegado el momento de justificar mi presencia, aporté que era español.
La mujer nos pidió que esperáramos y fue a buscar al comandante.
Cinco minutos antes estábamos haciendo una foto desde la calle. Poco después el comandante nos estaba abriendo el cuartel y enseñándonos la compañía.
Fue una de esas pequeñas casualidades que mejoran un viaje sin haberlas organizado. Nos recibió con una amabilidad enorme. Recorrimos las instalaciones, vimos los vehículos y terminamos rodeados de recuerdos, símbolos y banderas españolas. Creo que nunca había visto tantas juntas fuera de España.


Después seguimos andando hacia la Tercera.

Allí entendí mejor la otra vida de Nacho.
El edificio lleva más de siglo y medio acumulando historias. No parecía solamente un lugar desde el que salen carros cuando suena una alarma. Había cuadros, fotografías, muebles antiguos y objetos que habían ido quedándose allí mientras pasaban generaciones de voluntarios.
También había una mesa de snooker descomunal.
Cuando digo descomunal quiero decir que durante unos segundos pensé que quizá el edificio se había construido alrededor de ella.
Había una barra y un gran salón donde esa misma noche celebraríamos el cumpleaños, pero todavía quedaba luz y Nacho tenía una ciudad que enseñarme.
Salimos otra vez.
Valparaíso tiene una manera bastante eficaz de impedir que uno camine mirando el teléfono. Las calles suben, giran, desaparecen. Hay ascensores, escaleras, fachadas pintadas y grafitis por todas partes. De vez en cuando una calle se abre y aparece el Pacífico al fondo.
El tiempo seguía regular. A la ciudad parecía importarle poco.
Caminamos durante horas. Nacho iba señalando lugares y yo intentaba entender cómo se ordenaba todo aquello sobre los cerros. Seguíamos hablando, ahora de Valparaíso, después de trabajo, luego de cualquier otra cosa. Al final la visita a una ciudad cambia mucho cuando quien te la enseña ha crecido en ella. Deja de ser una sucesión de sitios que hay que ver y empieza a llenarse de pequeñas explicaciones que ningún mapa guarda.



Por la noche volvimos a la Tercera.
Empezaron a llegar sus amigos y el viejo salón cambió de carácter. La historia seguía colgada de las paredes, pero ahora había gente riéndose debajo.
Jugamos al billar. Me enseñaron el cacho, un juego de dados que hasta entonces no conocía. Hubo música y algo de baile. Y entre una cosa y otra fui conociendo a los compañeros con los que Nacho comparte guardias desde hace años.

Ahí el sistema de bomberos chileno dejó de parecerme una curiosidad institucional.
Era su vida.
Personas con trabajos, estudios y familias que siguen reservando una parte enorme de su tiempo para estar disponibles cuando alguien los necesita. Lo hacen voluntariamente y, mientras tanto, mantienen edificios, tradiciones y amistades que comenzaron mucho antes de que ellos llegaran.
Aquella noche dormimos en casa de la abuela de Nacho, en Viña del Mar. Estaban también su primo y las parejas de ambos. Después de un día bastante largo, entrar en una casa familiar tuvo algo muy acogedor.
A la mañana siguiente el primo de Nacho decidió que necesitábamos resucitar.
Preparó un licuado de frutas con jengibre y cúrcuma que despejaba más que cualquier café que hubiera probado esa semana. Luego apareció una tortilla con espinacas.
Hay gente que recibe invitados.
Y hay gente que se toma el desayuno como una responsabilidad de Estado.
Salimos después a caminar por Viña del Mar.


El domingo tuvo otro ritmo. Seguimos hablando, esta vez bastante de proyectos. Nacho está desarrollando su camino como abogado y nosotros tenemos cierta facilidad para convertir una caminata tranquila en una reunión improvisada de emprendimiento.
En algún momento apareció una idea. Luego encontramos un programa universitario que podría servir para desarrollarla. Nos recordó a iniciativas que yo había visto muchas veces en España y terminamos valorando si presentar algo juntos.
Puede que salga adelante o puede que dentro de unos meses solo recordemos aquella conversación andando por Viña.
Las dos opciones me parecen buenas.
Por la tarde me despedí y volví a Santiago.
Esta vez el autobús decidió compensarme por la ida. Tenía un asiento individual enorme y reclinable, casi una butaca, y el trayecto duró la hora y media prometida. Todo por unos diez euros.
Después quedaba el metro, una sola línea y suficientes paradas como para ir viendo cómo Valparaíso se alejaba también un poco de la cabeza.
Llegué a casa cansado y muy contento.
Había ido a celebrar el cumpleaños de un amigo y terminé conociendo algo bastante más difícil de encontrar cuando uno visita una ciudad por su cuenta.
Durante un fin de semana vi Valparaíso desde dentro de una amistad.
Y, por casualidad, también desde dentro de una bomba.
Carrete del fin de semana





