Nº 007 · Crónicas
Mi primer dieciocho
Llevaba semanas oyendo hablar de Fiestas Patrias. Para entenderlas de verdad terminé viajando seis horas y media y celebrándolas con una familia que acababa de conocer.

Desde que llegué a Chile hubo una fecha que todo el mundo se empeñó en señalarme.
El 18.
Podía preguntar por viajes, por comida o por cosas que tenía que hacer antes de marcharme. Tarde o temprano alguien añadía lo mismo.
—Pero tienes que estar aquí para Fiestas Patrias.
Con tantas advertencias, septiembre empezó a adquirir cierta categoría de acontecimiento. Y cuando por fin llegó entendí por qué.
Durante unos días el país entero parecía haberse puesto de acuerdo para celebrar lo mismo. Banderas por todas partes, cueca, empanadas, asados, juegos, fondas. Me llamó especialmente la atención esa sensación de celebración compartida. En España las fiestas nacionales se viven de una forma bastante más dispersa. Aquí, al menos desde mis ojos de recién llegado, el 18 parecía ocuparlo todo.
Yo había decidido llegar con los deberes hechos.
Una semana antes aprendí a bailar cueca.
Pensaba que mi experiencia bailando me daría cierta ventaja. Fue una conclusión optimista. La cueca tiene su propia lógica y tuve que acostumbrarme al pañuelo, las vueltas y esa especie de conversación a distancia entre los dos bailarines.
Pero acabó saliendo.
Lo suficiente, al menos, para no presentarme en una fonda completamente indefenso.
La primera celebración llegó incluso antes de salir de Santiago. En la oficina hicimos nuestro propio festejo. Hubo comida, bebida, juegos y cueca con los compañeros. Ver a todo el mundo en un registro distinto al habitual ya habría sido una buena introducción.
Pero yo quería vivir el 18 fuera de Santiago.
Entonces apareció Fran.
A Francisca la conocí, igual que a Nacho, en el Barco Mundial de la Juventud. Ella formaba parte de la delegación chilena y nos habíamos llevado muy bien. Cuando me propuso pasar Fiestas Patrias con su familia en Ñuble, mi proceso de decisión fue bastante breve.
El pequeño inconveniente eran seis horas y media de autobús.
He rechazado planes por razones bastante peores.
Llegué cerca de medianoche, ya entrando del 17 al 18. Fran y su novio, Gaga, fueron a buscarme. Cuando llegamos a casa, sus padres, Jeannette y Pepe, seguían despiertos esperando para recibirme.
Mi aterrizaje en las Fiestas Patrias chilenas fue una empanada.
No se me ocurre uno mejor.
Todavía quisieron ofrecerme vino y nos quedamos un rato conversando, pero el viaje pesaba y al día siguiente venía la fecha que llevaba semanas esperando.
Me fui a dormir.
Y el 18 me desperté sin alarma.
Tenía una sensación extrañamente parecida a la mañana de Navidad.
Desayunamos, fuimos a ver el desfile de la ciudad y paseamos por el pueblo. Todo tenía un ritmo tranquilo. Gente en la calle, familias juntas, banderas, música. La celebración que en Santiago había visto desde fuera empezaba a tener otra forma.

Después volvimos a casa.
Y allí ocurrió la parte que más recuerdo.
La familia se reunió para el asado y la tarde fue pasando alrededor de la mesa. Comimos, hablamos, jugamos y, naturalmente, reapareció el cacho, ese juego de dados al que ya me estoy aficionando peligrosamente.
Jeannette y Pepe me hicieron sentir cómodo desde el primer momento. También el resto de la familia. En algún punto de la tarde empezaron a llamarme sobrino.
Acepté el cargo inmediatamente.
Hubo algo muy bonito en la naturalidad con la que dejaron de tratarme como al amigo extranjero que había aparecido para las fiestas.
Simplemente estaba allí.
Por la noche cambiamos de escenario.
Fuimos a casa de uno de los amigos de infancia de Fran, donde se había reunido su grupo del pueblo. El lugar parecía hecho para un carrete de Fiestas Patrias. Un terreno tipo huerto, música, fuego y una mesa de DJ montada entre todo aquello.
No tenía demasiada sofisticación.
Tampoco le hacía ninguna falta.
Pasamos la noche allí y, una vez más, terminé rodeado de gente que unas horas antes no conocía.
Al día siguiente tocaban las fondas.
O eso decía el plan.
La lluvia decidió participar también en las celebraciones y lo hizo con bastante entusiasmo. Fuimos a ver el ambiente, pero el día acabó siendo mucho más casero.


Y casi lo agradecí.
Nos quedamos con la familia haciendo empanadas.
Muchas empanadas.
Yo también comí muchas empanadas.
El equilibrio me pareció justo.

Cuando llegó el momento de despedirme pensé que había viajado hasta Ñuble buscando vivir las Fiestas Patrias y había terminado encontrando algo que no había previsto.
Llevaba ya un tiempo viviendo fuera de casa. Estaba bien, ocupado, conociendo gente y acumulando experiencias casi cada semana. Pero hay cosas que uno nota más cuando aparecen.
Una mesa familiar.
Alguien pendiente de que hayas comido.
Jeannette y Pepe esperando despiertos a que llegaras pasada la medianoche.
Que te llamen sobrino aunque hayas aparecido el día anterior.
Fran me había prometido un buen 18.
Acabó dándome bastante más.
Durante unos días me prestó su pueblo, sus amigos y su familia.
Y creo que fue entonces, sentado allí entre empanadas, dados y gente que apenas acababa de conocer, cuando entendí por qué todos llevaban semanas diciéndome que tenía que vivir las Fiestas Patrias en Chile.
Gracias, Fran.
Tienes el espíritu de bienvenida dentro de tí.