Relatos desde Santiago

Cuaderno de seis meses en Santiago de Chile.

Nº 006 · Crónicas

Una invitación con escala en Murcia

Hay personas que uno conoce en una ciudad y que, sin saberlo, terminan abriéndole una puerta en otra.

Una mesa de postres decorada con flores y jaulas doradas, en la fiesta de una boda

Macarena apareció en mi vida cuando Chile todavía no pintaba nada en ella.

Estuvo en la primerísima actividad que organicé con Murcia Welcomes You. Era de esas primeras veces en las que todo se recuerda mejor porque todavía hay muy poca historia detrás. Recuerdo las caras, los nervios de que aquello saliera bien y también a quienes decidieron volver después.

Macarena volvió más de una vez.

Con el tiempo dejó de ser simplemente una persona que había pasado por una actividad y se convirtió en uno de esos nombres que quedan asociados al comienzo de un proyecto.

Después regresó a Chile.

Yo seguí con mis cosas en Murcia y, durante años, su vida me llegó de esa manera extraña y ligera que permiten las redes sociales. Vi que se casó, que empezó un negocio y que siguió construyendo aquí su camino.

Nada indicaba que nuestras ciudades fueran a intercambiar los papeles.

Hasta que acabé yo en Santiago.

Le escribí.

Me parecía demasiado curioso haber terminado viviendo precisamente en su ciudad como para no hacerlo.

Macarena respondió sin demasiadas ceremonias y poco después me invitó a un asado con sus amigos.

La situación tenía cierta gracia.

Años antes ella había llegado a uno de los planes que yo organizaba en Murcia.

Ahora era yo quien llegaba nuevo a un lugar y ella quien me abría un hueco en su mundo.

El asado estuvo muy bien. Conocí gente, charlamos, comimos y pensé que aquello ya había sido una manera estupenda de reencontrarnos.

Al día siguiente volvió a escribirme.

Una amiga suya iba a una boda y podía llevar acompañante a la fiesta. Si me apetecía ir, había sitio para mí.

Así conocí a Anto.

Hay invitaciones que uno debería estudiar con calma.

Esta no parecía una de ellas.

Acepté.

Mi entrada empezaba directamente en la fiesta. Nada de ceremonia ni cena. Una incorporación tardía bastante conveniente para alguien que no conocía a los novios y cuya presencia allí dependía de una cadena de casualidades que había empezado varios años antes y a más de diez mil kilómetros.

A la hora acordada me mandaron un chófer.

Aquello me hizo sospechar que la noche venía mejor organizada de lo que yo había previsto.

Llegué y Anto me recibió enseguida. Me presentó a la gente de su mesa y, como todos estaban ya en plena celebración, entrar en el grupo resultó bastante fácil.

Una tarjeta de mesa con instrucciones y el nombre de los novios, con globos y una bola de discoteca dibujados alrededor
La tarjeta de la mesa, con los nombres de los novios y la fecha.

Las bodas tienen esa ventaja.

Cuando todo el mundo está contento, las presentaciones funcionan mejor.

En algún momento apareció una coincidencia completamente innecesaria y, por eso mismo, maravillosa. Uno de los chicos había veraneado de pequeño en el mismo sitio que yo.

Nos quedamos mirándonos con una seriedad impropia de la situación, intentando averiguar si nos habíamos cruzado veinte años atrás.

Puede.

Nos sonábamos un poco.

O quizá solo queríamos que nos sonara.

La memoria decidió no colaborar y el asunto quedó sin resolver.

Después vino lo importante.

Bailar.

Bailé bastante.

Un invitado con gafas de fiesta en forma de corazón, bailando bajo luces de discoteca

Probé el pisco sour, fui visitando los postres que aparecían por allí y más tarde llegaron pizzas y consomé.

Tres cócteles de colores sobre una barra, en la fiesta

Lo del consomé me pareció especialmente sensato.

Después de unas cuantas horas de fiesta, el cuerpo agradece que alguien deje de intentar impresionarlo y simplemente le dé algo caliente.

Dos manos sosteniendo tazas de consomé, con una pareja conversando al fondo
Consomé de madrugada.

La noche siguió.

Conversaciones, música, más baile y esa sensación agradable de estar en un sitio al que, en principio, no perteneces y dejar de notarlo al cabo de un rato.

A la vuelta habían contratado un autobús para llevar a los invitados de regreso.

Santiago fue vaciándolo parada a parada.

Yo fui el último.

Al final me dejó prácticamente en la puerta de casa.

Y ahí terminó una noche que había empezado mucho antes de lo que parecía.

No en la boda.

Ni siquiera en Santiago.

Había empezado años atrás en Murcia, cuando Macarena apareció en una de aquellas primeras actividades y decidió volver después.

Por eso me hizo gracia pensar en el recorrido completo.

Entonces yo estaba intentando crear espacios para que otras personas encontraran planes, gente y un lugar en una ciudad nueva.

Años después, al otro lado del Atlántico, una de aquellas personas terminó haciéndome sitio a mí.

Lo demás fue una boda, una coincidencia absurda, pisco sour, pizza de madrugada y muchas horas bailando.

Que ya es bastante.

Y, por supuesto, bastó contar que iba de acompañante para que alrededor apareciera el cotilleo.

Las bodas despiertan una vocación novelística sorprendente en quienes las escuchan desde fuera.

La realidad fue bastante más sencilla.

Anto fue una compañía estupenda.

Yo estaba encantado de vivir la experiencia.

Y nadie necesitaba inventar una trama adicional para mejorarla.

De hecho, creo que ahí estaba precisamente lo bueno.

Llegar a Chile y aceptar esos planes que no habría sabido buscar por mi cuenta.

Un asado.

Una boda.

Gente nueva.

Y una invitación que, de alguna manera, llevaba años viajando desde Murcia.